lunes, 22 de mayo de 2017

Buscando las estaciones.

Dicen que vivir en las Islas Canarias es vivir en la eterna primavera. Ciertamente, aquí no tenemos unos cambios brutales de temperatura con el devenir de los meses. Nuestro invierno es como el principio del otoño en el norte. Con la primavera podemos subirnos a los veinte grados. Y la temporada playera en el norte de las islas abarca fácil, desde mayo hasta octubre (en el sur, es prácticamente todo el año)

Todo ello teniendo en cuenta que después cada isla tiene sus particularidades y que, debido a la escarpada oreografía, las zonas sur y norte no tienen nada que ver. Los microclimas, que llaman.

Pues bien, dado que el verano ya lo llevamos puesto, este último año el Sr. Duende y yo, parece que sin quererlo, hemos ido a buscar las estaciones. Y las encontramos... 

Otoño en Budapest (octubre 2016)


 Invierno en Suiza (enero 2017)


Primavera en Copenhague (mayo 2017)


martes, 2 de mayo de 2017

Buenas noches Calima.

Calima nos dejó. Un labrador con orejas suavecitas y largas de cócker (la dueña de sus padres pensaba que debido a la diferencia de tamaño no iba a haber problema, que ninguno se fijaría en el otro, pero... el amor es ciego...) y de carácter tranquilo y bonachón (excepto cuando un pajarito se posaba en la valla del jardín, o se colaba un ratón en su territorio, o pasaba un viandante, o...)

Estuvo acompañándonos 16 añazos. Cuando el papá de Jorge y yo nos íbamos de vacaciones pasaba días sin comer, abatida por los rincones, hasta que volvíamos y todo era fiesta otra vez.

Ella recibió a Jorge cuando nació y lo miraba desde una distancia prudente. Nunca lo mordió. Ni siquiera lo asustó con un empujón o un ladrido. Su foto me acompaña desde hace muchos años en mi mesa de trabajo, desde antes de que llegara mi pequeño y está en todos los dibujos de jorge como parte fundamental de su familia.


Siempre estaba en medio. En medio de las piernas. En medio de los almuerzos. Cuando preparaba la comida. Tenía su caseta en el jardín, pero de un tiempo a esta parte y al hacerse mayor (y más tranquila), comenzó a dormir en el salón. Muchas veces la puerta de la casa se quedaba abierta. No pasaba nada, al más mínimo ruido, sus ladridos se escuchaban hasta en el pueblo de al lado. Jorge, su papá y yo, íbamos y veníamos. Ella siempre estaba. Hasta el punto que Jorge desde pequeñito se acostumbró a que la casa de su papá era "la casa de Calima". Y todos la llamábamos así. 

Desde hacía un año que estábamos yendo con más frecuencia al veterinario. Siempre nos decía que ya estaba en "tiempo de descuento", porque para un perro de su tamaño, todo año por encima de los trece, era un regalo. Se le fueron detectando tumores, pero ella siguió haciendo su vida normal. Hasta hace un par de semanas. Vimos que faltaba muy poquito para que llegara su momento y a todas luces parecía que iba a ser muy doloroso, así que decidimos llevarla al veterinario y ponerle un "dormidor" como nos dijo Jorge, "para que no sufriera". 

Que decisión más dura. Era como si la estuviéramos mandando a la guillotina. Cualquier razonamiento lógico en ese momento es absolutamente inútil. Estás decidiendo que maten a tu perro, aunque sea por evitarle un mal mayor en breve. Da igual. Lo estás matando. 

Estuvimos los tres juntos con ella hasta el final. Llorando de forma desconsolada. Hasta a la veterinaria le bajaban los lagrimones por las mejillas. Fue muy triste, pero al mismo tiempo muy bonito.  

Jorge hizo dibujos para que la recordáramos y le sacamos fotos que "tenemos que imprimir para no olvidarnos nunca de ella". Probablemente sea un capítulo que se quedará grabado a fuego en su retina. Sigue dándole las buenas noches antes de dormir y, como no sabemos exactamente a dónde se van los perros cuando se mueren, cuando llegamos a casa de su papá la saluda o hace ademán de tener cuidado cuando abre la puerta "no sea que salga Calima".

- "Mami... hay un cielo para los perros?"
- "No lo sé Jorge, pero si lo hubiera, seguro que Calima estaría allí. A lo mejor se ha convertido en una mariposa..."
- "Mami, eso no puede ser, las únicas que se convierten en mariposas cuando se mueren son las personas. Los perros se tienen que convertir en otra cosa. Tal vez en una mariquita"
- Tal vez...  



Buenas noches Calima.


lunes, 24 de abril de 2017

Baby bonnet.

Un proyecto rapidito para una linda bebé, hija de un compañero de trabajo del Sr. Duende.


El Sr. Duende aprovechando los encantos tejeriles de esta hacendosa hada, la miró con ojitos y caída suave de párpados, como sólo él sabe hacer, suplicando por un detalle para su compañero y... claro, utilizando ese tipo de arma nuclear, no hay agujas que se resistan... 


Este patrón es una mezcla de ideas adaptadas. Me encanta como queda. Creo que he hecho más de diez. Con distintos tipos de hilos, con cinta de raso, con cordón tejido, más grande, más chiquito,... todos me gustan...



No tengo la prueba visible de cómo quedó. Solo el amago, hecho con una mano masculina llena de pelos que es muy poco favorecedora; pero reconozco que me parece súper simpático el contraste. Brazos fuertes con gorros de bebé. Adorable.
  

Nota: detalles técnicos, aquí.

lunes, 10 de abril de 2017

Lisboa. Pastéis de nata.

Los pastéis de nata son un must en Lisboa. No puedes ir a esta ciudad y no probarlos. Lisboa va indisolublemente unida a pastéis de nata. Entre otras cosas, porque los verás por todos lados. En el desayuno del hotel. En puestos por la calle. En todas las pastelerías, restaurantes y cafeterías.



Básicamente se trata de unas cestitas de hojaldre con una especie de crema pastelera de yema, leche y azúcar. Se toman calientes o fríos, con o sin canela y/o azúcar glass por encima.
Eso sí, hay tipos y tipos de pastéis de nata. Los del desayuno del hotel o los que podías comprar cómodamente en el súper son muy malos.
La máxima fama (y provecho) la tienen los de Belém. Al lado del Monasterio de Los Jerónimos se encuentra la Antiga Confeitaria de Belém, sitio de peregrinaje de los turistas, ya que matas dos pájaros de un tiro, vas al monasterio y de paso, te tomas un pastelito, además te lo ponen en unas cajitas muy apañadas para que lo puedas llevar de regalo a parientes y amigos. Problema es que, como todo el mundo lo hace, las colas que se forman alrededor de la dichosa pastelería son kilométricas.



Se dio la circunstancia (como ya comenté aquí) que el día que elegimos para visitar el Monasterio, diluviaba, así que, además de llegar tarde, y encontrarlo cerrado, nos topamos con la dichosa pastelería... sin una sola alma bendita haciendo cola!!!! Evidentemente aprovechamos esa alineación planetaria para probar los pastelitos cuyos matices particulares llevan guardando de generación en generación desde 1837.


He de decir que, de entrada, me pareció un sitio con mucha solera. Llama la atención que haya un vigilante de seguridad en el interior, al lado de la puerta, supongo que ello se debe a las peloteras que deben de formar los turistas que esperan horas para comerse un pastelillo y después se encuentran con que se han terminado.  


Venden más cositas, como se puede apreciar (vinos portugueses, mermeladas,...), pero claro, los pastelitos se llevan la palma.




Una vez que ya tienes tu pastelito, adecuadamente empaquetado, te planteas tomar algo calentito, pero claro, para eso tienes que pasar al interior. Vale. Igual como llueve, no hay mucha gente. E inicias el periplo por una serie de pasillos y salitas, y te das cuenta de que aquello es ENORME!!










Hasta que al final llegas a un salón inmenso atiborrado de gente (pero... donde estaban??? si aquí no había nadie!!!), en el que camareros con walkies te indican el camino a seguir, solo a falta de cartelitos luminosos de Follow me. Increíble el montaje que tienen estos pasteleros. Cuando al fin conseguimos una mesita en un rincón de aquel sitio hiper ruidoso, y empezamos a esperar a que viniera un camarero para pedirle un café con leche... ya fue la repanocha. Cinco minutos. Diez. Quince.


Y nos cansamos de esperar. Así que nos zampamos el pastelito y nos fuimos. No podría asegurar si fue el mal humor que se nos metió en el cuerpo, pero la verdad es que no nos pareció nada del otro jueves. No estaba mal, pero tampoco estaba sublime. Personalmente creo que la fama se les ha subido a la cabeza y han perdido el norte.


Pero... para alegría de los dulces paladares, hay otros sitios donde hacen pasteles de nata. Quizás sin un local tan turístico, pero con unos pastelitos que nos gustaron mucho más. Entre ellos está la Manteigaria fabrica de Pastéis de Nata de la plaza Luis de Camões. Deliciosos. Fuimos dos veces. Es más, los que trajimos para casa fueron de este lugar.






La primera vez que fuimos no tuvimos que esperar nada. La segunda, el domingo por la mañana, había una cola discreta, nada que ver con la que nos encontramos esa mañana en la pastelería de Belém (domingo y tiempo despejado, ya os podéis imaginar el resto... la cola daba la vuelta a la manzana!!)


Por último, señalaría los de Tartine, una cafetería medio escondida cerca del archiconocido café A Brasileira, en la rua Serpa Pinto.


Hace poco vi un libro sobre postres internacionales, en donde venía la receta. Habrá que probar a hacerla en casa. aunque claro, por muy buena que quede... no será lo mismo que tomarla en plena Lisboa...

lunes, 3 de abril de 2017

Jorge aprende a nadar.

Vivimos en una isla. Eso a nadie se le escapa. Jorge desde pequeñito se acostumbró a estar en la playa. Y como a todos los bebés le encantaba la hora del baño. Eso sí... que no le mojaran la cara... Como eso pasara, entraba en modo pánico. 

Si estábamos en la playa y se le mojaba la cara tenía que salir del agua a secarse los ojos. De forma que disfrutaba mucho de la playa, pero sobre todo en la orilla; aunque estuviera conmigo era incapaz de relajarse y pasarlo bien dentro del agua. Cuando tu casa está a cinco minutos caminando de la playa... esto, es una verdadera faena...

Visto lo visto y sabiendo que si él tiene miedo a mi se me acumulan trocitos de ese miedo y no soy capaz de transmitirle completa y absoluta seguridad (por mucho que me empeñe), el año pasado le sugerí que fuera a un cursillo de natación de un mes, dos veces por semana. Aceptó la idea con ilusión. compramos todo el equipo: bañador, gafas, gorro, zapatillas de goma y albornoz. Llegó el día X con expectación. Y, al terminar la clase, me dijo que no quería volver. Cogió un catarro tremendo y se escaqueó de la segunda clase. Opuso resistencia activa a la tercera, y me dijo que todo era culpa de las gafas, porque se le colaba el agua. Le compré unas súper gafas que hacían un vacío perfecto. Fue a la tercera clase. Al acabar, entre llantos e hipos me dijo que por favor no lo obligara a volver, que le daba mucho miedo. El monitor me dijo que no me preocupara, que eso con un par de clases más se le pasaría, que cometería un error si lo quitaba. 

No volvimos. Evidentemente. No era su momento.


En una estantería de nuestra librería habitual me encontré este cuento. "Ana aprende a nadar". Lo leímos juntitos en el sofá de casa; me decía que eso era lo que le pasaba a él, que tenía mucho miedo cuando le decían que se pusiera de espaldas, porque no confiaba en el monitor. Se sintió muy identificado con la niña protagonista, y decía todo el tiempo, "mira mami, como me pasa a mi!" . Miedos identificados y verbalizados. El cuento le encantó. Pero no conseguí nada más. 


  
Durante el verano seguimos yendo a la playa. De las clases de natación sacó en claro que con el churro que utilizan en las piscinas se movía muy bien a caballito y se hizo un experto en su uso. No más.

A mediados de marzo me llamaron de la piscina del pueblo. No me lo esperaba porque nos dieron turno para... dos años después de haberlo pedido!! Le dije al chico que tenía que preguntarle primero a mi hijo, ya que la respuesta podía ser un rotundo no. Para mi sorpresa... me dijo que no estaba seguro, pero que lo intentaría. Llegó ilusionado. Durante la clase lo vi reír varias veces. Cuando lo recogí me dijo que le había gustado. Pero un rato después de salir, ya le entraron las dudas. Que tenía miedo, que se le mojó la cara, que si le decían que se tirara no iba a poder.... Por la noche lo hablamos, me transmitió sus miedos acurrucadito entre mis brazos y le dije que si no quería volver no lo haríamos, pero que ese día se lo había pasado bien y que era muy valiente por haberlo intentado.

Quiso volver. Y le gustó mucho. Y el tercer día le gustó más aún. Ha ido a seis clases y ya dice lleno de orgullo que sabe nadar, se tira desde la orilla de la piscina y... mete la cabeza bajo el agua!!!
Es maravilloso verlo disfrutar, pero sobre todo me llena de tranquilidad el haber tenido la paciencia de saber esperar el momento adecuado.

La moraleja del cuento, es que a todos los niños no les llega el momento de aprender a nadar al mismo tiempo. Seguro que si se le hubiera obligado en el verano pasado habría aprendido, pero... con qué coste? merecen la pena las lágrimas?? Muchas veces solo hace falta escuchar sus necesidades y no solo las nuestras....

lunes, 27 de marzo de 2017

De chalecos y gorros.

Un Milo con trenza sencilla y tweed de Katia.


Un Pebble de Katia Merino Classic (con la Katia merino tengo mis más y mis menos, nunca me ha acabado de convencer por la tendencia a deformarse que tiene en los lavados)




Y dos gorritos de mezcla de patrones (un poquito de aquí, un poquito de allá). Los dos son de Katia, el azul de Cotton Merino y el amarillo de Merino Classic.




lunes, 20 de marzo de 2017

Lisboa y sus sardinhas.

En nuestra escapada a Lisboa hubo cosas que me llamaron poderosamente la atención. Una de ellas fue la focalización que tiene los lisboetas en las sardinas. Encontraba sardinhas por todas partes. 
Sardinhas colgadas de los balcones. 



De cerámica. De tela. Hasta de chocolate!! 


Evidentemente a estas últimas no me pude resistir y me traje una cajita para el peque y sus más mejores amigüitas.




Pero, sobre todas las cosas, las latas de conservas. Preciosas latas de conservas maravillosamente decoradas. 
Las encontrabas en las tiendas para turistas, como una parte fundamental de los souvenirs que tenían que volver en tu maleta, sardinhas en tomate, en aceite, chocos, atún,...




Pero incluso, la cosa llegaba más allá, encontrando comercios especializados única y exclusivamente en la venta de latas de... anguilas!!! 







Ya fuera en comercios como tal o en venta móvil, como éste que nos encontramos en el Castillo de San Jorge, con un diseño más actual.





Yo puedo entender que se trata de una ciudad eminentemente pesquera, cuyos platos importantes son el bacalao y los mariscos, pero... no os parece así como demasiado esa focalización??

La respuesta la tuve gracias a las inclinaciones museísticas del Sr. Duende, quien tiene fijación con todo lo relacionada con la historia, y más en particular con el Imperio Romano. Así que, sin demasiado interés inicial por mi parte, me vi visitando el Núcleo Arqueológico de la Rua dos Correeiros. Y... oh!! Sorpresa!! Resulta que bajo una de las principales calles de Lisboa se encuentran lo que probablemente fueron las primeras instalaciones conserveras de pescado de la historia!!! Los romanos exportaban grandes cantidades de conservas de pescado dirigidas hacia todo el Imperio, llegando incluso hasta la mismísima Roma. En esta fábrica se encontraron hasta 31 tanques de conservación, amén de otro tipo de instalaciones de apoyo e incluso restos humanos.




Aún se conservan los preciosos mosaicos que cubrían gran parte del suelo de la vivienda.




Súper interesante esta visita y ampliamente recomendable para tener una visión más amplia de las razones por las cuales Lisboa es lo que es...